09-06-2005 19:25:44
Aquel día llego al trabajo a la hora de siempre, cansado de la rutina diaria y el aburrido sin sabor de los que lo rodeaban... Sentía miedo, miedo a la indiferencia de todos y hacia todos.
Comprobó la perfección de los equipos automáticos, que para no variar, sus parámetros continuaban estables y penetró en la oficina de la presidencia para revisar el correo electrónico. Su hermano seguía sin
escribir en el lejano Buenos Aires, Mary a falta de cosas que decir le mandaba un discursillo optimista y un "nunca te olvido", el jefe del taller
convocaba a la reunión sindical de las 15.00 horas, un amigo le enviaba
un miniafiche de 2 mujeres desnudas y de Candelita habían 3 mensajes
sin leer...
Mientras los leía pensaba, y sonreía, y recordaba y se entristecía al
mismo tiempo. Ya eran años de mantener aquella comunicación
electrónica que debido a la distancia y a al régimen imperante asfixiante suplantaban al contacto, a la ganas de sus pieles... era la física con unos tragos de química incluidos.
Después de leer los mail cerró el buzón sin escribir una palabra,
todo debido al peso de la energía negativa de los de la oficina y, para no variar, ayudarían a disiparar con énfasis revolucionario sus ganas terminar con la ausencia de libertad. Luego, cuando saliera el personal, tendría tiempo para escribir con más calma.
Al otro día salió del trabajo a la hora de siempre. Con ojos cansados
de sueño y cara de vampiroide surealista, sin embargo, mientras el
auto del turno doblaba por la avenida 51 para llevarlo a su hogar, y el
sol se impregnaba molesto en su cara toda. Una pequeña alegría
retumbaba en su interior y lo evadía, como hacia rato no lo hacia, de ese pantano viscoso en que se había convertido su vida: La pequeña alegría de comprender que aún le quedaba su Candelita anhelante en Guayaquil.
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